domingo, 30 de mayo de 2010

La sombra del alba 7º capítulo


7. Un llanto de esperanza

El bombardero estaba llegando hacia ellos, no quedaba ni cinco minutos hasta que este estuviera sobre sus cabezas.

-¡¡¡Agustín coño levanta!!!- Aurelio llevaba diez minutos arrastrando a su compañero a traves del pueblo intentando llegar a la colina, pero sabía que no lo conseguiría.

Un minuto después el bombardero estaba casi sobre ellos, Aurelio no pudo más y de impotencia y furia grito a su compañero.

-¡¡Así solo conseguirás que nos maten, no ayudas a nadie, no me ayudas a mí, solo eres un puto estorbo, vete al infierno!!!- De repente Agustín giro la cabeza.

- Ellos lo sabían... sabían lo que ella escondía.- Agustín había perdido el juicio, decía cosas sin sentido.

- Lo siento... Isabel, no pude cumplir mi promesa- Inmediatamente después de decir esto, el soldado Agustín Vallejos saco su revólver de la funda, mientras era arrastrado, y antes de que Aurelio pudiera hacer nada se disparó en la sien.

Aurelio no oía ni sentía nada, el sonido del bombardero desapareció, las ruinas desaparecieron, el cielo se torno negro, todo era nada.

- ¿Que... qu...que has hecho?- No era posible, ¿Como podía serlo? Era imposible, Agustín no se había volado la tapa de los sesos, eso no había pasado, era una puta pesadilla, eso es...

Una explosión devolvió a la realidad al cabo, el bombardero había comenzado a soltar su carga a pocos minutos de donde estaban ellos y Aurelio no sabía qué hacer, si se llevaba el cuerpo de su amigo probablemente no andaría ni dos pasos antes de que le cayera una bomba a los pies, el bombardero avanzaba hacia el este del pueblo y la zona más segura para refugiarse era lo alto de la colina que estaba en el norte.

-No puedo dejarte aquí tirado- Aurelio comenzó a arrastrar al soldado pero tras unos pocos segundos Aurelio Fuentes vio como una bomba caía a pocos metros de él. La explosión destrozo el pilar maestro y parte de la fachada de una casa por la que pasaba Aurelio, la fachada frontal cayó sobre él y el cuerpo de Agustín atrapándolos en un cumulo de paja, adobe y piedras.

Un rayo de luz, fue lo primero que vio Aurelio al abrir los ojos, un rayo de luz que se colaba directamente hasta su rostro entre el las ruinas.

-Dios, creía que ya no lo contaba.- Fuentes empezó a quitarse todos los escombros que puedo hasta poder mover las piernas- A partir de aquí ya viene todo rodado- pero el adobe era de mala calidad y al desprenderse de la estructura de la casa volvió a un estado arenoso en el que era imposible apoyarse, por lo que al ver que no podría salir por arriba intento seguir de frente apartando las piedras y haciendo un pequeño túnel a través del adobe.

-Por fin – Había conseguido salir, el cielo estaba despejado y no se hoy nada más que el ruido del viento.- Ya ha pasado todo, pero la felicidad no era completa.- ¡Agustín!- Fuentes giro la cabeza y corrió hacia los escombros. Durante diez minutos no dejo de escarbar y apartar piedras pero era imposible nunca encontraría el cuerpo entre aquel amasijo de piedra y tierra.

-Lo siento soldado…, fuiste un gran amigo y compañero.- Aurelio cogió dos palos de madera y una cuerda y los ató formando una cruz, la llevo hacia la cima de los escombros y allí la clavó y la sustento poniendo cinco piedras alrededor de esta.

-Espero que estés en paz.- Tras decir esto Aurelio se quito la chaqueta y la puso sobre la cruz. - quien pase por aquí sabrá que en este montículo yace un soldado, un hombre… y un amigo.- la voz se le había vuelto gangosa y unas cuantas lagrimas caían por el rostro del cabo. La pena le inundaba el alma y no podía moverse del lugar. Pasaron dos horas sin que hiciera ningún movimiento ni un intento de ponerse en marcha, no había esperanza.

Un llanto. Aurelio creyó haberlo imaginado pero el sonido cada vez era mayor dejo la tumba de su amigo y se encamino hacía donde estaba el sonido no sin antes cargar su pistola, después de lo que había pasado nada era seguro. Tras andar un rato el sonido del llanto era bastante reconocible, era un bebe. Había llegado a la colina y por el sonido el bebe debería estar allí pero no había nada.

- ¿Hola, ahí alguien?- El llanto paró de repente.- ¿hola?, soy Aurelio Fuentes cabo de la quinta división del pelotón de Sevilla por favor si alguien me escucha salga, no le haré ningún daño.- La mayoría de las veces en los diferentes pueblos de republicanos por los que Aurelio había pasado esa frase no le había propiciado ningún resultado, y esta vez no fue diferente.

Fuentes no sabía qué hacer a lo mejor era una familia que había sobrevivido o un solo bebe que había acabado en la falda de la colina, en cualquiera de los dos casos debía encontrar a los supervivientes que hubiera. El llanto no había vuelto y Aurelio ya estaba punto de desistir cuando vio una figura en lo alto del campanario.- Oiga, ¡hola, ¿puede bajar y ayudarme?! .- La figura no se movía, parecía como aquellos oscuros personajes de las novelas de Agatha Christie con gabardina larga y ancha y un sombrero que le cubría el rostro.- ¡Perdone, ¿me ha oído?! – Aurelio no podía creer lo que estaba viendo, aquel hombre parecía ajeno a todo lo que estaba sucediendo en el pueblo y podría jurar que bajo el sombrero se podía apreciar una ancha sonrisa. De repente la figura giro su cabeza en dirección a Aurelio y comenzó a reírse de una forma casi inhumana, Fuentes no daba crédito a lo que estaba viendo.

-Estúpido, lo que buscas esta aquí dentro – Aunque el hombre habló desde una distancia bastante alta y casi en susurro Aurelio oyó perfectamente cada palabra era como si lo tuviera al lado susurrándole.

-¡Por favor baje de ahí puede hacerse daño!- Aurelio no podía entender como había llegado a subir allí arriba aquel hombre, porque a pesar de llevar una gabardina ancha las manos y los pies, por lo que él podía ver era bastante enclenques aunque no estaba del todo seguro debido a la distancia a la que estaba.

-Si quiere que baje primero tendrá que subir.- Aurelio estaba empezando a cansarse de aquel tipo, pero de repente volvió a oír el llanto.- Le reclaman aquí arriba cabo- Era verdad el llanto ahora provenía de dentro de la Iglesia.

Mientras subía a la cima de la colina Aurelio veía como la sonrisa de aquel hombre se hacía por momentos más visible, mientras que su rostro seguía en la penumbra.

martes, 25 de mayo de 2010

miércoles, 19 de mayo de 2010

La sombra del alba 6º capítulo


6. Un secreto a contraluz

Isabel abrió los ojos. La iglesia había sobrevivido al ataque de los bombarderos, porque solo se habían realizado en la zona llana del pueblo, pero las explosiones habían dañado la estructura externa del edificio resquebrajándola y quedando el santo edificio en un estado muy frágil.

Las fuerzas habían abandonado a la chica de los bucles dorados, su piel era de un tono ceniciento, apenas podía tener abiertos los ojos. Con las pocas fuerzas que tenía, Isabel intento ponerse en pie. No pudo ni llegar a sentarse.

-¿Qué… que me pasa...?- apenas dichas estas palabras, la consciencia empezó a esfumarse.

-Tranquila querida, pocas mujeres recuperan inmediatamente las fuerzas tras un parto.

Isabel, con un fuerte giro de cabeza, miro en la dirección de la voz, pero no podía enfocar bien la imagen, apenas podía respirar.

-Eh, ya la he dicho que se esté tranquila- Isabel empezó a vislumbrar la imagen de un hombre acercándose hasta ella.

-¿Quién eres tú?... ¡¿Qué me has hecho?!- El hombre al final llegó a Isabel y la sentó apoyando su espalda en un pilar de la Iglesia.

-¿Qué confianzas son esas mujercita, acaso me conoces? además ya te lo he dicho, casi nadie puede ponerse a correr tras un parto- El hombre dio de beber a Isabel de una petaca que guardaba en un bolsillo lateral de una larga gabardina que Isabel no pudo saber el color, ya que el individuo estaba a contraluz.

-¿Mejor?

-¿Quién es usted, que me ha pasado?- Isabel empezaba a recuperar la consciencia y a enfocar las imágenes.

-¿Sera verdad eso que dicen de las chicas rubias?- Aun a contraluz la sonrisa de aquel personaje se veía perfectamente, era algo extraño.

Tras recomponer los recuerdos de lo que sucedió antes de que se desmayase Isabel se agarro rápidamente la tripa hinchada… pero su tripa estaba perfectamente plana. Acto seguido aun estando delante aquel extraño se remango la falda y comprobó que sus piernas estaban bañadas de su sangre y a pocos centímetros de donde estaba ella tumbada había un pequeño charco de sangre.

-No... no, no, no… ¡¿qué...?!- No podía creerlo, ¿dónde estaba su niño, que había pasado?

-Entiendo que este desorientada, pero la he repetido ya tres veces que… - No le dio tiempo a acabar. Isabel había recuperado bastantes fuerzas y con toda su furia alzo rápidamente su mano abierta y la estrelló contra la cara de aquel sujeto que todavía no se había presentado.

El hombre cayó de espaldas al recibir la bofetada debido a que estaba en cuclillas frente ella.

Al levantarse la sonrisa se había borrado. Isabel empezó a sentir un aire gélido rodeando su cuerpo.

- Pensaba que podría dejarte vivir para que pudieras ver crecer a ese pequeño cabrón, pero veo que me darías más problemas que soluciones… tu lo has decidido por mi- El hombre sacó una pequeña pistola que tenía guardada en el mismo bolsillo donde estaba la petaca.

¿Qué… donde está?, ¡¡ ¿Dónde tienes a mi hijo? !!- Isabel empezó a recordar lo que le había ido diciendo aquel hombre mientras se recuperaba; su hijo, el parto, intento ponerse de pie, pero solo consiguió quedarse de rodillas.

- Lo siento querida, en serio, pensaba dejarte con vida- tensó el percutor de la pistola.

-¡¡¡ ¿Dónde está mi hijo? !!!- Isabel gritaba a pleno pulmón mientras sus lágrimas bañaban aquella cara que él había amado en otro tiempo.

-Lo siento… amor.

El disparo apenas se oyó, el bombardero estaba demasiado cerca.

viernes, 14 de mayo de 2010

La sombra del alba 5º capítulo


5. El sonido de la muerte


No quedaba nada.

Fuentes y Vallejos pidieron permiso al general para visitar la zona y realizar una ronda de reconocimiento, lo que el general no sabía era que en cuanto los soldados se encontraron lo suficientemente lejos del campamento estos echaron a correr hacia su destino… La Mussara.

-No me lo puedo creer- Por primera vez a Vallejos le flaquearon las piernas y cayó sin remedio de rodillas al frio y duro suelo.

-Parece el puto infierno- Aurelio no paraba de mirar de izquierda a derecha.

Allá donde miraran solo podían ver pilas de cascotes de lo que antes eran las casas de los aldeanos. Nubes de polvo negro invadían el ambiente e impedían ver por completo el horrible panorama. Mientras caminaban por ese horrible paisaje con Vallejos apoyado en Fuentes, empezaron a vislumbrar los terribles acontecimientos que allí ocurrieron. Pilas de cadáveres se amontonaban sobre los escombros, no parecía quedar ningún superviviente. Al llegar a la casa del tío de Vallejos este paró de repente.

Una horrible estampa quedaría en el recuerdo de los dos hombres para siempre. De la casa solo había quedado en pie el pilar maestro y la pared lateral izquierda de la casa, dentro, en el centro de la casa, se veían restos de unos cuerpos calcinados y en la pared de la casa se podía ver un cuerpo enteramente calcinado de un hombre que parecía haber sido de una complexión fuerte en vida.

-Tío… - Agustín se desprendió de su compañero y fue caminando a paso lento hacia el interior arrastrando con sus pies toda la ceniza que rodeaba el lugar. Al llegar a donde estaba el cadáver se arrodillo, agacho la cabeza y gritó.

Junto con ese panorama Aurelio recordaría toda su vida hasta el día de su muerte el grito de angustia de su compañero. Ese grito arraso por completo toda esperanza y todo propósito de encontrar a alguien con vida.

Tras veinte minutos ninguno de los dos se atrevió a decir una sola palabra, ninguno se movió, apenas respiraban, pero entonces lo oyeron. Un sonido atronador parecía hacerse más fuerte cada segundo, tras unos minutos de incertidumbre lo vieron.

-Vuelve, otra vez- a lo lejos mirando al sur se podía ver una pequeña mancha negra que parecía crecer por momentos.

-¡¡¡Corre Vallejos, corre joder, por tu puta madre!!!- Pero Vallejos no oía nada. Rápidamente Aurelio cogió a su compañero por los hombros y empezó a arrastrarle pero no podría llevar ese cuerpo por mucho tiempo.

-¡¡¡Joder no quiero morir aquí soldado, levántate!!!- Apenas se oía así mismo. El sonido se había convertido en ruido, y era insoportable. A lo lejos la mancha se había transformado en un bombardero y avanzaba a una velocidad vertiginosa hacia ellos.

jueves, 13 de mayo de 2010

La sombra del alba 4º capítulo


4. El fin de un pueblo


Vallejos estuvo un buen rato sin hablar tras salir de la tienda, sus compañeros, preocupados por su reacción, empezaron a acosarle a preguntas:

-¡¿Qué te ha dicho, volvemos a Sevilla?!

-¿Los republicanos están avanzando?

-¡¿Qué coño pasa Agustín?!- después de que Jimeno le hiciera esta pregunta Vallejos empezó a temblar.

Fuentes viendo el desastre avecinarse se introdujo dentro de la piña que se había formado en torno al soldado y rápidamente le saco y se lo llevó.

Después de cuarto de hora caminando sin decir ambos ni una palabra pararon cerca de un riachuelo y se sentaron a la sombra de uno de esos pinos centenarios tan enormes de Tarragona. Tras un rato, y viendo Fuentes, que Agustín se empezaba a relajar le hizo la pregunta que el soldado esperaba.

-¿Estás bien camarada?- al decir esto Agustín Vallejo uno de los hombres más fuertes tanto física como mentalmente que Aurelio había conocido, se derrumbó y miro con una profunda tristeza a su cabo.

-¿Bien?, no señor.

-¿Qué ha pasado ahí dentro soldado?- La cara de Vallejos era todo un poema.

-Señor, el general me ha informado que descansaremos en este lugar durante dos días porque… porque a pocas horas de camino se encuentra un pueblo llamado La Mussara… el cual, van a utilizar para practicar con los nuevos bombarderos llegados de Alemania.

-¿Es un pueblo de los republicanos?

-No señor, se declaro neutral al comienzo de esta absurda guerra- Agustín se dio cuenta de lo que había dicho demasiado tarde como para remediarlo, pero para su sorpresa el cabo no hizo ni dijo nada para reprenderle. Tras unos interminables minutos de angustia Fuentes se sentó a su lado, encendió un cigarrillo y le ofreció otro.

-Tranquilo soldado no eres el único lo piensa- La sorpresa de Agustín no podría ser mayor ni aunque un submarino emergiese del riachuelo.

-Desde el principio no he sacado nada bueno de esta guerra, llevo dos meses sin ver a nadie de mi familia y sin saber nada de ellos, además este paisaje no se puede comparar a nuestra Sevilla, ¿verdad?

-No sé qué decirle señor, en este lugar fui un chaval bastante feliz, guardo muy buenos recuerdos de estos paisajes.

-Creía que había vivido usted toda su vida en Sevilla- Antes de contestar Agustín dio una fuerte calada al cigarrillo.

-No mi cabo, mis padres y yo tuvimos que emigrar aquí a Tarragona durante un tiempo debido a que mi señor padre, Dios lo tenga en su gloria, fue un día hacía el ayuntamiento, cuando yo era todavía muy chico, y a voces proclamó que este país no era nada sin rey. A los pocos días tuvimos que mudarnos aquí, donde viví gran parte de mi vida, hasta que mi padre murió y cuando volvimos todos lo habían olvidado ya.

-¿Y cómo conseguisteis sobrevivir tanto tiempo aquí sin conocer a nadie?- El cigarro de Aurelio se había consumido hasta el filtro mientras hoy la historia del soldado, rápidamente lo tiró y sacó otro del paquete, solo le quedaban cuatro para todo el día.

-Teníamos familia viviendo por la zona, mi tío y su mujer nos acogieron sin ningún reparo aun sabiendo lo que había hecho mi padre, eran muy buena gente. Yo pase toda mi infancia jugando con mis primos, El hijo de mis tíos Gabriel y una sobrina de la mujer de mi tío, no me acuerdo muy bien de su nombre… creo que era… Isabel.

-Fíjate que cosas, y tras tantos años aquí estas de vuelta ¿No te gustaría visitarlos soldado y recordar viejos tiempos?- Vallejos no contesto, Aurelio creyó que era porque no se atrevía a pedirle unos días para visitarlos pero viendo el contratiempo por la prueba de los bombarderos decidió darle una alegría.

-Vamos Vallejos, dime donde está y si no está muy lejos te acompaño y así me presentas alguna moza, que aquí uno se muere de ganas de una mujer tras tantos meses rodeado de hombres.

-No está muy lejos señor, solo a unas horas de aquí, llegaríamos antes de cenar.

-¿Y cómo se llama ese paraíso si se puede saber?

-La Mussara… señor.

Por primera vez en la vida Aurelio Fuentes sintió como el humo le quemaba los pulmones.

miércoles, 12 de mayo de 2010

La sombra del alba 3º capítulo



3. un infierno solitario


El cabo segundo, Aurelio Fuentes, recordaba con anhelo el cálido ambiente de Sevilla, una Sevilla que había abandonado para proteger a su querida patria, o eso creía. Como muchos militares que se unieron a la rebelión el cabo Fuentes pretendía erradicar las malas costumbres que se habían arraigado en la sociedad de entonces, pero igual que estos él ignoraba la mayoría de esas desfachateces que avergonzaban a su patria, pues la casi totalidad de las afirmaciones de los generales eran falsas. Aún así miles de militares se levantaron con sus generales a sabiendas de que era una guerra sin sentido, como la inmensa mayoría.

-¡¡Cabo segundo, en qué coño está pensado!!- Aurelio salió de sus ensoñaciones, mientras, la cara del sargento Mendoza enrojecía de furia por momentos.

-¡Perdóneme mi general!, estaba pensando en mi tierra.

-¡Su tierra es esta patria cabo, no una mierda de provincia! ¡¡Déjese de gilipolleces y vuelva al pelotón!!- El sargento dio con la culata de su rifle al cabo en la cabeza y este rápidamente volvió a su destacamento.

-Ojala acabe esto pronto-pensaba Aurelio.

El cuarto destacamento de infantería armada del cuartel de Sevilla llevaba caminando dos meses en dirección a Barcelona donde todavía el bando republicano liderado por el presidente Companys seguía resistiendo la embestida de los nacionalistas.

Días después de pasar la frontera de Aragón el destacamento tuvo órdenes de parar durante tres días y acampar. Los soldados estaban nerviosos, nadie sabía porque ordenaban parar a pocos días de destino. Al final Agustín Vallejos una persona de carácter fuerte, y de igual físico se acercó a la tienda del general.

-¿Mi general?

-¿Si, qué quiere Vallejos?- Máximo Mendoza, el general que dirigía el batallón se encontraba dentro de la tienda reunido con sus tenientes, seguramente estarían poniendo verdes a todo el personal, la arrogancia de los superiores no tenía límites.

-¡Soldado raso Agustín Vallejos como no informe a que es debido esta visita le haré fusilar cuando lleguemos a la próxima ciudad!- Vallejos a pesar de doblar en tamaño a más de la mitad del destacamento temblaba como un niño al ver a todos sus superiores mirándole como si no fuera más que una mosca que se había metido en la tienda.

-¡¡Hable, joder!! ¡¿Qué coño quiere?!- Al general se le empezaba a enrojecer la calva y Agustín sabía que si no reaccionaba pronto podía despedirse de volver a ver a su familia. Al final se armó de valor y les transmitió al general y a los tenientes el pensamiento de todo el destacamento.

La sombra del alba 2º capítulo



2.La sombra


La gente no dejaba de correr, por todos lados cuerpos diseminados, hombres, mujeres y niños caían sin contemplación bajo la sombra de aquella maquina. Mientras tanto, Isabel intentaba salir de la Iglesia para llegar a casa, pero las contracciones la hacían retorcerse de dolor y angustia.

De repente el piloto dejo de disparar, aunque siguió sobrevolando la zona durante algunos minutos más antes de seguir su camino. La gente que consiguió refugiarse comenzó a salir de sus hogares para ayudar a los heridos y llorar a sus muertos. Al momento un sonido atronador encogió de terror las almas de los supervivientes, nadie sabía de donde procedía, pero todo el mundo comenzó a recoger a los heridos y correr a sus hogares.

Isabel había desistido de salir de la Iglesia no podía dar un solo paso sin caer de rodillas, el dolor era insufrible.

-¡Padre ayúdeme!- gritaba Isabel mientras el sudor perlaba su frente, pero el párroco había huido de la catedral al comenzar a oír los disparos y no había regresado. Unos segundos después Isabel empezó a oír pasos dentro de la Iglesia.

-¡Socorro!, ¿Hay alguien ahí? ¡Necesito ayuda, por favor!- Nadie contestó, el sonido de los pasos cada vez era más cercano, antes de desmayarse Isabel pudo apreciar la silueta de una persona en el suelo, la sombra parecía sonreír...

martes, 11 de mayo de 2010

La sombra del alba 1º capitulo



1. Todo tiene un comienzo


Ahí estaba yo, en un lugar oscuro, desolador, rodeado de tierra y túneles, tirado en el suelo de aquel cochambroso lugar enfrente de la silueta que me llevaba persiguiendo toda la vida.

-¿Quién dice que todas las historias no acaban bien, eh señor Fuentes?- Aquel hombre no paraba de sonreírme mientras me apuntaba con su revólver.

-No creo que esta vez lo consigas chico- tras decir esto tenso el percutor de la pistola y dejo de sonreír para mostrarme una expresión de odio que podría quemar al mismo diablo.

-No apueste nunca por una muerte segura- acto seguido de responderle le tire a la cara un puñado de tierra que había cogido del suelo sin que se diera cuenta, estaba a unos centímetros de mis pies asique no había posibilidad de fallo.

Aproveche la ocasión para escapar por uno de los pasadizos. Había eludido las garras de la muerte… una vez más.

Imagino que nunca sabré como paso pero el caso es que sucedió. Todo comenzó el día de mi nacimiento, el 21 de Abril de 1937. En España, la guerra era más cruenta que nunca y los bandos ya no distinguían enemigos de amigos y ese día no sería diferente. El pueblo de La Mussara creía haber pasado ya por todo lo inimaginable, tras reconstruir la mitad del pueblo llevaban unos meses sin sobresaltos y habian comenzado otra vez a llevar una vida normal, pero Isabel estaba asustada, ya había salido de cuentas desde hacía tres días y temía que algo malo le pasara a su pequeño si asaltaban otra vez el pueblo, así que a las cinco de la tarde dejando todo el trabajo de la casa preparado le pidió a su tío si podía ir a rezarle a la virgen por su hijo.

-Ve pequeña, ya no queda nada que hacer aquí, haber si Gabriel vuelve ya con la leña y podemos empezar a calentar el caldo- Isabel le dedico un abrazo a su tío, el hombre que había cuidado de ella tras el asesinato de sus padres por unos seguidores de aquel general Franco.

Tras el asesinato, Isabel desapareció tres meses, y después de estos meses de agonía para la familia regresó, pero regresó desnutrida y con cara de cansancio, a todo esto se junto que tras unos meses se vio que Isabel estaba encinta pero aun con los ruegos de su familia ella no quiso desprenderse de su hijo y siempre decía lo mismo:

-No puedo matar algo que he amado tanto-Después de decir esto siempre solía encerrarse en su habitación a llorar desconsoladamente.

Con el tiempo la familia de Isabel dejó de intentar saber quién era el padre de la criatura y la aceptaron.

Aquel día Isabel estaba preciosa, sus tirabuzones dorados le caían por la frente y le daban un aire de inocencia y de humildad. Su físico no había cambiado demasiado y eso la preocupa porque desde el sexto mes la tripa no había vuelto a crecer, pero sabía que el niño estaba vivo porque por las noches no dejaba de dar patadas.

-Serás la alegría de mi hogar-Todas las noches le susurraba al niño sus sueños de futuro y sus ganas de que este llegara a cumplirlos.

Eran ya las cinco y media de la tarde y tras hablar con unas amigas de la plaza y comprarle un bollo a la panadera por el camino, llego a la Iglesia. Santa Agustina era una pequeña Iglesia edificada a principios del siglo XIX antes de que la República se volviese a instaurar en España y los curas perdieran su poder, el cual recuperarían debido al apoyo al bando de los sublevados en la guerra. Era una Iglesia que cubría las necesidades de un pueblo de no más de cien habitantes y donde vivía el párroco Sebastián, un hombre rechoncho y bonachón que se hacía querer por sus feligreses.

-Buenos días Isabel- El padre Sebastián estaba preparando el altar para la misa de las ocho cuando vio entrar a Isabel. El párroco siempre le había tenido mucho cariño desde pequeña y siempre la recordaba como aquella niña rubia de ojos verdes que no paraba de correr por el pueblo.

-Buenos días tenga usted también padre- Desde que murieron sus padres, Isabel se pasaba todo el día rezando por sus almas. Fue el padre Sebastián quien la animo a rehacer su vida y volver a la rutina, por eso ella le tenía mucho cariño.

-Como te ha ido el día.

-No me puedo quejar padre estoy muy contenta.- El párroco noto una felicidad desbordante que emanaba de aquellos ojos color cielo.

-¿Y eso querida?

-ya he salido de cuentas padre, dentro de poco nacerá mi hijo, estoy muy nerviosa.- dijo Isabel remangándose el vestido mientras se arrodillaba enfrente de la virgen.

-¿Y estas preocupa?

-¡No!, no padre, solo estoy un poco nerviosa… quiero que todo salga bien.

-Seguro que todo irá bien-dijo el cura apoyando su mano sobre el hombro de Isabel.

-Gracias padre- y comenzó a rezar.

De repente sin previo aviso un avión de espionaje militar paso sobrevolando las inmediaciones del pueblo y empezó a otear la zona como si buscara algo dentro del pueblo. Al mismo tiempo Isabel comenzó a sentir unos pequeños dolores en la zona del bajo vientre y supo que había llegado el momento. Rápidamente intentó levantarse pero justo cuando lo consiguió el avión espía empezó a disparar hacia los edificios del pueblo. Todo el mundo empezó a correr.